martes, 21 de enero de 2014

A este capítulo de mi vida lo llamaré: espectáculo en Gran Vía

Las primeras visitas de diciembre fueron simbólicas. No se muy bien porqué algunas reuniones para ver una propuesta a cliente en ese mismo destino no le hicieron ningún tipo de efecto. Pero luego llegó enero. Y con él, el frío. Y ahí fue cuando se rebeló, la muy... desgraciada. Pero ¿por qué me haces esto ahora? Pensaba yo para mis adentros, y delante ¡de todo el mundo! 

No es que yo sea vergonzosa, soy de las que creen que todos somos libres de hacer lo que queramos siempre que no hagamos infelices a los demás, pero... es que lo único que podía sentir yo... era vergüenza ajena. Y los ajenos, lo que seguramente sentían... era esa estruendosa carcajada interna. La de cuando piensas "si estuviera solo se me desencajaba la mandíbula por las cuatro esquinas".

El primer día de curro de 2014 se portó bien -dentro de lo que ella y yo consideramos que está bien para su nivel-, unos minutos de indisciplina a primera hora y luego todo el camino como una rosa (más o menos). A última hora y justo uno de esos días en los que empalmo con el master, otra pequeña pataleta. Pero eso si, en plena Gran Vía. En plenas rebajas. Cruce con Fuencarral en rebajas. Señoras, señores, gente con bolsas, gente con prisas, gente con la tarjeta calentita que va de tienda en tienda y si, de rebajas. Y yo ahí, como dice el refranero, "a patada limpia", intentándola hacer reaccionar -y no estrellarme contra ningún viandante-... pero no pude. Se me estaba resistiendo de nuevo, como cuando era novata en las artes "arrancatorias". Y de repente una luz verde. Señal de que las neuronas comienzan a conectar. De repente, de nuevo, el sonido tintineante del motor. Ya parece que respira mejor. Una señal excelente. Ahora si, arrancamos, salgo pitando (literalmente, a veces confundo intermitente con bocina porque llevo unos guantes enormes) me cruzo con un taxi y luego esquivo un autobús, la policía en la otra acera, la moto y yo cruzando por el paso de cebra, el caos de los caminantes que pasan mirando ansiosos su Whatsapp y no las motos que le vienen de frente. Una última maniobra y al fin, de nuevo en circulación. Casi atropello a dos peatones y por poco me aplasta un bus, eso por no contar la "sudada" por el esfuerzo de arrancar la moto.

Al capítulo siguiente lo llamaré: regreso y caos en el transporte público.
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